Ayer me paso algo que me sucede muchas veces. Alrededor de las tres de la mañana, voy caminando por la avenida. Solo. Lo unico que se escucha son mis pasos. Amortiguados, leves, por el calzado que uso. Las luces golpean el asfalto dandole un color extraño, casi magenta. El aire se pone denso, mis pulmones respiran puro frio. La luz amarilla intermitente del semaforo le da movimiento a un cuadro completamente fijo, marca el ritmo, recuerda el paso del tiempo. La doble linea que divide los carriles parece apagada, olvida sus colores nativos y se funde con el resto del paisaje. Un viento inoportuno e imprevisto empuja unas hojas secas. Su sonido al golpear con el cordon produce una fractura en el ambiente silencioso. Amplifica su importancia, despierta la musica interior y los ruidos. Esos que nos distraen de poder concentrarnos en la melodia. Mi brazo, abrigado por la campera de cuero, roza mi torso y da punto final a mi camino. Ahi quede. Siendo parte viva de un cuadro. Intentando imaginar los elementos que compondrian una escena de algun film situado en esa misma calle. Deseando que alguien en ese momento pueda sentir exactamente lo que siento yo, evitando todo tipo de expresion. El cielo esta oscuramente azul, muchos dirian negro. Tal vez despejado, quizas las nubes rodean a la brillosa luna. Apenas unos metros me separan de la vida. De volver a conectarme con la rutina y el deber de sociedad. Pero en ese punto estoy solo. Regando de sueños y delirios mi andar, intentando atraer a quien corresponda.
Ese instante es un quiebre. Es la oportunidad para el destino de producir su tan mencionado giro. La objetividad de nuestro mundo esta ridiculizada. La historia seguramente no dejara pasar la chance de modificar todo. Y jamas lo notare. Y nunca lo imagine.
No lo sabremos.
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